miércoles, 4 de febrero de 2026

ENTRE WOLFGAN VON GOETHE Y CATALINA

 

Fausto vendió  su alma al diablo a cambio de sabiduría y placeres de la vida. La obra de Goethe publicada en 1808 tiene grandes similitudes con los cuentos de cocina de Catalina quien aseguraba que Plácido Méndez, un carnicero que habitaba por los lados de El Pueblito, en la vía que desde San Cristóbal  conduce a Rubio, había hecho un pacto con el Diablo, a cambio de unas morocotas que lo habían hecho poseedor de una fortuna.

En la obra universal del alemán Wolfgan Von Goethe,  se describe  la insatisfacción del erudito personaje  que  entrega su alma al Diablo a cambio del conocimiento infinito y los placeres mundanos.  Catalina  contaba la cantidad de veces  que se había topado con el Diablo, devenido con el nombre de “El Compadre”, a quien describía  como un tipo  vestido de blanco, unas veces a caballo, otras  de a pie, que aparecía en las noches , como fantasmal figura, paradójicamente de bien.   

Ese es un paralelismo que noté desde que, en alguna oportunidad leí extractos de la obra del alemán y que después concluí  que eran relatos de control social. Al parrandero siempre le salía el Diablo. “Al abuelo Bernabé lo cabalgaban las brujas  y le salía el demonio  en sus noches de farra y miche”. La realidad era que el abuelo, se metía tremendas  rumbas de guarapo y  después, camino a casa se   desbarrancaba.  Allí dormía su borrachera y llegaba al otro día con heridas palpables, cobijado por el cuento de las brujas y “El Compadre”.  

Las brujas también vinieron de Europa como temibles criaturas aladas  capaces de  surcar el espacio  montadas en escobas. Estas escalofriantes criaturas  eran capaces de transformar a sus enemigos en cerdos o alimentarse con  la carne de los niños recién nacidos. Circe, la hechicera de la mitología griega y su sobrina Medea, representan iconográficamente a estas figuras a quienes los artistas clásicos o del periodo renacentista concibieron como imágenes femeninas estrafalarias con los pechos caídos, la nariz puntiaguda y excesivamente marchitas.

De cómo vinieron a parar esos personajes a estos sitios remotos y convertirse en íconos de la maldad que perseguían a los campesinos por los cafetales y sorprendían a los incautos en las negras noches de los campos tachirense. No se ha establecido. Se sospecha que llegaron envueltas en las lecturas de los emigrantes alemanes que llegaron atraídos por el prestigio del café tachirense y los negocios tranzados con la dictadura gomecista.

Esa huella rigurosa quedó reflejada en los métodos de crianza de los 7  vástagos engendrados por la pareja Bernabé y Ana Joaquina. Catalina fue una de las hembras que  decidió quedarse junto a su madre para seguir la tradición de  cocinera  en la famosa hacienda de Tononó. A las 4 de la mañana, la niña de 8 años tenía que estar atenta a los mandatos de Ana Joaquina para tener listo el desayuno al personal que hacía labores agropecuarias.  

Alumbradas por mechurrios  y con el temor de las brujas rondando por todos lados, la niñas corrían detrás del ejemplo de su madre, quien la conminaba a realizar sus oficios puntualmente, so pena de ser castigadas por las brujas que proyectaban sus sombras en las destruidas paredes de bahareque. 

“Cada madrugada tenía que ir hasta el arroyuelo a traer el agua limpia para preparar el desayuno.  En una de esas, estaba agachada llenando el jarrón cuando sentí que alguien me miraba fijamente y al levantar la cara me encontré con la imagen fantasmal de “El Compadre”, quien me preguntó, con una voz fuerte y educada que estaba haciendo en esos parajes. Le dije que estaba llevando agua para preparar la comida y el hombre me replicó que no tenía edad para esos menesteres. Me indicó que regresara pronto a casa y que no volviera a venir sola”. Después se esfumó por detrás de unas matas de sauco y yo quedé temblando, al punto que llegué sin agua a la casa”.

En otra oportunidad, a plena luz del día encontró que sobre el agua del arroyuelo estaba una especie de plumaje blanco reluciente que, a medida que pasaba a su lado se iba transformando en un cisne, luego en un caballo y después tomó figura de hombre que ella supuso que se trataba de El compadre. “No dije nada, solo me quedé tiritando de miedo, pero con la seguridad de que no me iba a pasar nada”. El hombre parecía que flotaba sobre el agua y de repente ya no lo volvió a ver”.

Cuando la familia decidió abandonar el campo para irse a la periferia de San Cristóbal lo primero que entró en los bultos de trapo fueron   los cuentos del campo y su forma de aplicarlos a una generación mayoritaria de nietos dejados  a su cobijo. Cuando estaba a punto de caer la tarde, la recia Catalina preparaba la cena, en aquellos tiempos, un almuerzo cualquiera, y después de lavar los trastos, nos dejaba paralizados con sus relatos, donde, por lo general, siempre había personajes del más allá. Eran una especie de tareas dirigidas dispuestas a persuadir a la inmensa tropa de los peligros de la calle.

La Llorona, El sin cabeza, Las ánimas, Las brujas, El Compadre, en sus diferentes presentaciones y los muertos aparecidos,  que eran los que más explosión hacían en nuestro precario sistema de creencias, nos dejaban extasiados de miedo a, ni siquiera asomarnos por la ventana de la puerta, por donde, según la intensa nona, caminaban en procesión las ánimas benditas, ocupando todo el ancho de la calle y… Aaayy  si alguien se atravesaba en su camino, entonces, quedaba petrificado.

La cata relataba que por la calle 9 era imposible bajar, luego de las 9 de la noche debido a que en el barranco, que ahora es una pendiente encementada, salía una bruja. El que se atreviera a transitar por la calle 10 corría el riesgo de tropezarse con una figura negra descomunal. Por la calle 11 aparecía una tipa vestida de blanco, lavando ropa. La calle 12 tenía su espanto propio porque allí estaba ubicada una incrustación en un muro que le habían edificado a un muerto. El “dijunto”, aseguraba ella, se le aparecía al más pintado.

En la calle 13 aparecía un ahorcado. La calle 14 salía la misma tipa de la calle 11, pero con el pelo alborotado. En la calle 15, aparecía un tipo de,  a caballo que ofrecía montar al osado caminante y si este echaba a correr, lo alcanzaba, en un solo salto. Y, por la calle 16, se asomaban todos los muertos del cementerio. Total  que el barrio Puente Real estaba blindado contra las personas que les agarrara la noche.

“Dentro de esos cuentos, sucede que un día, íbamos varios de los que estamos aquí, a visitar al tío Locadio. El camino para llegar al 23 de Enero se hacía por un monte lleno de matas de Tártago y caña dulce. La Nona iba a cabeza de lote y cuando nos disponíamos a atravesar el riachuelo que llamaban el “Lavapatas”, salió de las aguas un tipo alto y totalmente desnudo. La abuela nos contuvo con las manos, antes que el metrosexual  se llevara las manos a la boca para indicarnos un Shiiito. La reacción  fue de espanto y la abuela aprovechó para reforzar sus teorías de los aparecidos.

Los 99 años de Catalina tienen sus espacios histórico – temporales que no los puede resumir  este escritor por considerar  que el tiempo que compartimos con ella, fue el más benevolente. Pero, si podemos distinguir algunos aspectos propios,   época gomecista, en sus primeras andanzas. Luego, un periodo  que abarca desde los 60  los 85 años,  cuando va perdiendo su memoria inmediata y finalmente el periodo de la vejez  total, que es el más recordado por los sobrinos mayores.

Este es un relato muy familiar, demasiado nuestro, que las nuevas generaciones podrán disfrutar si el interés les ronda por informarse de sus ancestros. La abuela fue ingeniosa, creativa, solidaria, grosera, contestataria y fiel representante de una generación de venezolanos nacidos en un proceso de transición entre la Venezuela rural y  caudillista a la Venezuela petrolera democrática.

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