domingo, 25 de enero de 2026

Mantequillo y Guanaché: Un festejo taurino de postín

 Crónica de la Esquina.

Mantequillo cayó en la tentación y de la  nada se armó de cachos, poniéndose las manos sobre las sienes, haciendo el gesto de los de casta escarbó  en el piso y arrancó a la cita del trapo descolorido que se le planteaba enfrente para completar la primera embestida. Simulando ser un buen ejemplar, giró en redondo para plantarse frente al diestro que lo volvía a chiflar para que acudiera nuevamente  al tercio de capote. Se encorvó sobre su cintura y esta vez  dejó caer más cada uno de sus índices hacia los costados para hacer más reales las armas puntiagudas y pasó por segunda vez bajo el  tremolante capote al grito del ole de los  que veían y se divertían en la esquina con las continuas poses de arte  adoptadas por  el  “mataor” Guanaché Canarias, quien a cada pase del morlaco se extralimitaba  golpeándolo con furia en el lomo, imponiendo el mando del hombre sobre la bestia. Hizo un molinete, después lo paseó por naturales y lo remató con un pase de pecho, rodilla en tierra, que el soberano, ya  extasiado con las cabriolas de toro y torero estalló en aplausos y en vivos saludos de torero, torero. La faena producía furor  en los espectadores del pasaje Teófilo Cárdenas  que carecían del más mínimo recurso como para pretender asistir a un festejo taurino  de San Sebastián. De tanto en tanto Mantequillo agarraba respiración, sacudiéndose las gruesas gotas de sudor que ya empezaban a resbalar por su cara cobriza. De repente, uno de los más cercanos a la faena se le ocurrió pedir cambio de tercio, a lo cual el torero accedió, pidiendo la imitación del clarinete mientras él preparaba un par de cañabravas  con las que citó al  fingido bruto que, como en todos los pases, acudió presuroso  para redondear el festivo simulacro que ya empezaba a tornarse insulso por las payasadas de Guanaché  Canarias.

Al  grito de ehh  toro  del “mataor” siguió  un inmenso gemido y luego una sacada de madre fenomenal  salida de lo más profundo de la garganta de Mantequillo  que  corcoveaba  para tratar de botar los 2 palos  que le habían clavado a la altura de  las paletas, mientras buscaba en redondo  una piedra para enfrentar al torero. Los pinchazos hicieron revivir el ánimo de los espectadores  que siempre creyeron que lo de las cañabravas iba a ser simplemente un acto simbólico y no las heridas por las que  chorreaba la sangre del toro Mantequilo.

La muchedumbre  persiguió al torero  y al  toro, a lo largo de las 3 cuadras que separaban la imaginada Plaza Taurina  del inmenso sembradío de caña de azúcar, a un costado del  campo deportivo. Los proyectiles lanzados  a la carrera por el brioso toro, ahora convertido en un persecutor  inclemente no alcanzaban a impactar al torero  que, aunque más menudito que Mantequillo, corría  con desesperación para tratar de ponerse a salvo de los brazos del  herido negrón.

Tanto Guanaché como Mantequillo  no durmieron en sus casas y solo fue hasta el otro día cuando se supo que en la madrugada los techos de zinc donde vivía el torero habían recibido una ración despiadada  de piedra  que abrió troneras y estuvo a punto de causar heridas a  los hermanitos  del “mataor”. Muchos de los vecinos se atrevieron a culpar a “Mantequillo”  que en su desesperada impotencia, por no dar alcance a “Guanaché”, la había emprendido a peñonazo limpio contra la casa donde vivía  el banderillero. Esas fueron  algunas escenas que nos permitimos en nuestra infancia, a falta de dinero
y televisión. 

Catalina: El origen de todo

 NOTA PREVIA: Fui encontrando textos  en la medida que el tiempo me permitía recogerlos de archivos con muchas extensiones y ahora, ponerlos más contemporáneos en este block. De allí que el escrito hecho a la vieja "Cata", en el 2007, fecha en la que falleció, aparezca con fecha de 2026. 


 

La muerte es fea, como dijo Temiño, y sin querer nos volvimos a topar con ella con la  lamentable desaparición de la viejita Catalina. Se extinguió como una velita, como un soplo leve que se expande en el vacío y nos impacta como una pesada roca. La abuela “Cata”, apenas uno de los muchos apellidos que se ganó durante su larga travesía por  este mundo, fue de las imprescindibles, en el concepto seco y lato de Bertold Brech. No hubo  magnificencia en cada uno de los 99 años que acumuló, sin embargo, las dotes de solidaridad para con sus semejantes marcaron su ser. Era uno de esos obreros de la cotidianidad que van cimentando, acción tras acción, los grandes monumentos que  permiten hacer numerosas extensiones generacionales de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos con valores profundamente orientados al progreso, al trabajo, a la convivencia, al disfrute  pleno de la vida. 

A la  “Cata”, no le quedó tiempo para entender que la P con la A, rimaba Pa, se nos fue con la curiosidad de saber que decía una oración, con el tropiezo de sus dedos para estampar una firma. Desde su infancia comprendió que no todos nacen para reyes y antes que esperar por su corona, juntó prodigiosamente sus manitas para moldear una bola de maíz  que le permitió levantar 4 vástagos.

Ayer cuando me incliné  sobre su frente para depositar  un beso de gratitud, me invadió el temor de encontrarme con el aliento de la muerte fea, como dijo el presbítero, pero inmediatamente sentí que ese  altivo plasma se descorría para dejarme ver un perfecto desfile de refranes, enseñanzas, sabidurías, anécdotas, cuentos de caminos, recetas de cocina, mamaderas de gallo y por último sus valores, valores de vida ejemplar, de sacrificio en pos de conseguir que las nuevas generaciones sigan la senda de servir y ser cada día mejores para quienes los necesitan.

Catalina escogió la resaca que nos había dejado el triunfo de la vinotinto y sin muchos aspavientos decidió cerrar su ciclo de vida en manos de su siempre compañera. Eran las 10 de la mañana de un primero de julio de  2007. La noche  anterior  se habían desbordado los festejos en las calles de San Cristóbal  por el triunfo de la selección nacional ante Perú, en el marco de la Copa América. No quiso presumir de aguafiestas y aguantó hasta que el último fanático nacional se marchará a su hogar  para extinguir su vida prodiga de razones. Nos dejó con el plan a medias para celebrarle los 100 años.  

martes, 6 de enero de 2026

REQUIEM POR LA VINOTINTO

 


Dicen que “el que, apuesta por necesidad, pierde por obligación”. El viejo adagio le cae de lado a la selección Vinotinto que, necesitando un resultado, pero barajando varios escenarios, se estrelló con una realidad que le niega la posibilidad de asistir, por vez primera a una final del campeonato del mundo, un evento muy demodé, pero que para nosotros los venezolanos, tan cerquita de Colombia, pero tan Lejos de Dios, era una de esas alegrías colectivas ya anunciadas que nos disponíamos a celebrar. 

Nos quedamos con la sensación de poder lograrlo. Sabíamos que las barajas nos daban algún alivio. Brasil no puede perder, aunque juegue en El Alto, esta en juego el prestigio de Anchelotti. Colombia ya está clasificado y viene relajado. Si empatamos y Bolivia Empata, clasificamos. Si perdemos y Bolivia pierde, también clasificamos. Si perdemos 6 a 3, pero Bolivia empata, clasificamos. Por donde se le veía, las cosas estaban para Venezuela.

Pero llegó el martes: Ni te cases, ni te embarques, ni de tu casa te apartes. Había que salir a blandir el acero. A quemar las naves. Las cosas no estaban a nuestro favor totalmente, pero tampoco a favor de Bolivia. Si lo mediamos en porcentajes teníamos el 70%. Brasil es Brasil y no puede perder en El Alto. Colombia es difícil, pero está clasificada. “Seguro Lorenzo hace algunos cambios para dar chance a los que menos han jugado y será más fácil para nosotros”.

Telasco anota y la algarabía no tiene rienda. Colombia viene a dar papaya. Epa, ese gol de Mina no estaba en los planes. Los paisas no tenían porqué ponerse bravos, ya están clasificados. Toma, le dice Josep Martínez, tras marcar el segundo gol, reavivando las barras en Maturín y la esperanza en el país que quería olvidarse de sus problemas.

Pero, se agitó la contra suerte o la suerte en contra y apareció un desconocido, Luis Suarez un émulo del mordelón uruguayo para igualar las acciones y desencajar el rostro de los enmascarados de rojo, antes de finalizar el primer tiempo. 

Con el empate tenemos esperanza. Los brasileños no pueden perder en El Alto por el prestigio de Anchelotti y seguro que en el segundo tiempo remontan y, tal vez empaten o, como es lógico, por la cantidad de estrellas que tienen, deben ganar. Venezuela debe preservar la calma y manejar el juego ante una Colombia ya clasificada.

La defensa nacional vuelve a hacer aguas y aparece el invitado Suárez nuevamente para decretar el tercero. Yo estaba sacando cuentas y, aunque no me cuadraban, daban ánimo, porque Venezuela podía lograr, en una de esas genialidades del técnico Batista, hacer un cambio para probar otros destinos. El que entre puede anotar el empate y esperar que Brasil haga lo mismo.

Pero llegó el cuarto, en otro aparente desdoble de Luis Suárez. “Estaba hinchado de goles y los descargó contra nosotros, precisamente, en el día más futbolísticamente importante para el país. Qué, otra vez Suárez, Están repitiendo el cuarto o este es el quinto, preguntamos, ante la incredulidad de lo que estábamos viendo.

Y, así llegó el alegronazo que nos produjo el tercero de Rondón, para refugiarnos en las lágrimas, junto a los jugadores con el sexto de Colombia. Los paisas estaban clasificados y no tenían porque enfadarse tanto con nosotros. Colombia nunca anotó seis goles en tres años y Venezuela tampoco recibió esa dosis, a pesar de los pesares.

Necesitábamos jugarnos el todo o nada y terminamos con el algoritmo al revés. Bolivia le ganó a Brasil en El Alto, a pesar del prestigio de Anchelotti, que ya se inventará alguna frase para justificarlo. Colombia nos goleó, sin necesidad. El empate no llegó, tampoco la oportunidad de asistir a un Mundial.

Reflexionando sobre el futuro nos queda; en una eliminatoria donde Chile y Perú, que siempre son tradicionales competidores, pero en esta oportunidad hacían cambio generacional. Donde Brasil y Argentina, siempre se dan por clasificados. Paraguay, Uruguay, tardan, pero llegan. Colombia y Ecuador son huesos duros de roer. Donde, en esta oportunidad Fifa amplió a 48 y dio 6 cupos y medio a nuestra zona. Donde Estados Unidos no cuenta por ser el anfitrión. Salomón y Rincón junto al Bocha Batista le dicen adiós a la Vinotinto ahh.

lunes, 4 de noviembre de 2024

AHI QUEDA LA CUENTA

 

La noche de una fecha ubicada en el paro petrolero del 2002, Neptalí Vázquez tuvo el atrevimiento de invitar a Said, Kike y su hermano Pedro a tomar unas cervezas en el local que venía impulsando con muchos sacrificios en el centro comercial del Este. Las latas de las águilas ya arrugadas por la fuerza de la sed, marcaban el final de una jornada futbolística en la cancha anexa del estadio polideportivo, donde celebramos un juego más con el conjunto de Locutores. Un equipo que se amoldaba a todo, incluso, a las goleadas.

Las condiciones políticas que se vivían en Venezuela, luego del fallido intento de golpe de estado y la dura posición asumida por Hugo Chávez, había producido un paro en la industria petrolera nacional que pretendió, entre otras cosas, forzar el colapso del gobierno chavista.

La escases de productos de primera necesidad, entre ellos, la venta libre de cervezas, amplió el contrabando de productos colombianos que se comercializaban en los mercados de la ciudad con muy pocas regulaciones.

La colecta alcanzó para dos cajas de cerveza águila que fueron despachadas de un sorbete. Kike, con fama de gastar poco, lanzó el anzuelo que rápidamente reforzó Said, para ir a otra parte a buscar cervezas. La ley seca impuesta en el estado daba muy pocas opciones a los sedientos "pichirres" de raza que, aún con esa fama, encontró rápida respuesta en Neptalí que se avivó a ofrecer su local para que fueran a consumir.

Me apresuré a tomar mi viejo maverick para irme a casa, ante la inminente disolución de la celebración. Said se asomó por la ventanilla del copiloto y me dijo, “marica vamos que Neptalí nos esta invitando para su local”, ante mi indecisión abrió la puerta y se arrellanó e inmediatamente invitó a Kike quien, luego de algunas frases toreras de despedida, subió a la parte trasera, haciendo chistes de quien iba a pagar la cuenta.

La incógnita prevalece, y eso quería preguntarle a Said el pasado 4 de diciembre cuando sus restos fueron introducidos en el vagón mortuorio. Venía viajando del exterior cuando me enteré del fallecimiento del "mataor" y por supuesto, aunque no éramos manifiestos amigos, en algunas oportunidades me llamaba en horas de la madrugada para charlar algo de su repertorio.

Muchas veces compartimos trabajo en la Vuelta al Táchira y otros eventos deportivos donde, desde nuestras responsabilidades, rajábamos de alguien del medio.

En algún tiempo nos dimos por comentar de bohemia. Said era de esos inconformes que disfrutaban de las letras de Joaquín Sabina, Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros cantantes folclóricos del continente.

 “Entre un hola y un adiós”, la ocurrente composición del Nano Serrat dice “por más que alargué los brazos, nunca te llegué a tocar”. Conservé la esperanza de verle en los últimos instantes que solicitan los familiares al culminar las exequias, pero nadie se atrevió.

Adiós Said, ahí queda la cuenta, también sus recuerdos. Dale Mataor…

domingo, 25 de agosto de 2024

EL VELORIO DE MI PADRE

 

La foto que colgaba en lo alto de su urna hablaba de la vida provechosa  del hombre que reposaba con semblante  tranquilo en aquella pesada nave. Por eso  me imaginé que, antes que  un velorio, la escena recreaba la entrada al cine Primero de Mayo de Puente Real, donde se exhibían grandes afiches promocionando  las películas del  cine mexicano. Aquella figura de gorra ajustada, bigotico extendido, debajo del  cual se  dibuja  una sonrisa de sobrado, más relacionada con los martirios amorosos  de María Félix  que con el recio pelotero que apodaban “Burro Negro”, no dejaban de impresionarme.

Me encaminé hacia la urna, sin retirar la mirada de la foto  para comprobar si  había sido  retocada con las técnicas modernas  de Photoshop. Tal vez, sí, me dije,  pero las facciones nada tenían que ver con los filtros y las capas que manejan los diseñadores. Así era él. No había gran forjamiento  en la imagen. Aún sumergido en la expresividad de la foto pude comprender   porque  hubo tanto trabajo en la confección de la nota luctuosa. “Si metemos a todos no van a caber en la hoja”, susurró una voz a mis espaldas, a quien pedía explicación sobre la ausencia de algunos nombres.

Visité a mi padre  en su lecho de muerte, cinco días antes de su fallecimiento.  Wilerma, su esposa, le preguntó que si sabía quién era la persona que estaba parada frente a su cama. Las manos que empuñaron tantos bates,  se movieron temblorosamente  para expresar con gestos de rabia que al contrario que sus piernas, su mente estaba intacta. Claro que sabía perfectamente quien era yo. Me miró en tono suplicante como pidiéndome  que lo sacara de ese slump.

Ese día lo vi muerto. Lo sentí desesperado,  intranquilo, inconforme con aquel estado en que los años habían convertido su cuerpo.  A sus 91 años, la fulgurante Estrella de Cuquí  buscaba un atajo que lo sacara del juego. Ahí  quedaban sus jonrones, su  fama de  Juan Charrasqueado, sus métodos de enseñanza, su esfuerzo, sus 20 y tantos hijos. Años atrás habíamos estado conversando sobre asuntos de la vida y me había confiado que  prefería morir  a estar dependiendo de manos ajenas.

Desde que cayó  definitivamente en cama, siempre estuvo pendiente que  los relevistas se descuidaran. En tercera, con dos outs  y el juego empatado en el 9no inning, no podía fallarle a su instinto de hacer lo que le viniera en gana. Ignoró las señas del  coach que le había advertido que se acomodara en la cama porque se podía caer. Eran más de las 12 del  domingo. La mayoría del estadio estaba en silencio esperando que el Muchachote se quedara en tercera hasta bien entrado  el 2015. Había confianza en muchos de los asistentes de que ese extrainning  les permitiera pasar las fechas decembrinas.

Yo, que compartí  solo algunos días de sus años de retiro  pude  sentir  que  aquel  árbol  de orgullo  pudiera  resistir a que el peso de los años doblegara  esas leyendas  de pasión por el deporte,  por las mujeres, por la buena vida  y, ya en su declive, por la familia.  Uno de los aspectos  más resaltantes  en la  vida de  Tulio Hernández  fue su capacidad para hacer que las madres de sus hijos sintieran siempre admiración hacia él, a pesar de su paternidad irresponsable.  “A su papá lo respetan”, solía decirnos  mi madre, quien no dejaba de admirarlo a pesar de saber que existían  otros hijos  paralelos en edades de nacimiento con los 4 suyos.    

Bajé la mirada  sobre la ventanilla del ataúd y me encontré con la sonrisa pícara de la foto que pendía en lo alto. Allí estaba el grueso roble de Rubio,  con sus dedos entrecruzados rindiéndole tributo a una vida llena de contradicciones. Este es mi padre. Lo vi tranquilo, lo vi resucitado, se había robado el home.

 

CABALLO  REAL

(Eugenio Montejo)

 

Aquel  caballo que mi padre era

 y que después no  fue, ¿ por donde se halla?

Aquellas altas crines de batalla

en donde galopé la tierra entera

 

Aquel silencio puesto dondequiera

En sus flancos con tactos de muralla

la silla en que me trajo, donde calla

la filiación fatal de su quimera

 

Sé que vine en el trecho de su vida

Al espoleado trote de la suerte

Con sus alas de noche ya caída,

 

y  aquí me desmontó de un salto fuerte,

Hízose  sombras y me dio la brida

para que llegue solo hasta la muerte.

jueves, 25 de agosto de 2022

El Cangrejo de Pablo Viejo y El Turpial

 

El turpial voló y se posó en lo alto del árbol que hacía sombra a quienes disfrutábamos la cortesía de la familia Hernández, extensión Chucho, quien, en una de las celebraciones de Rubio, nos había invitado a comer una exquisita cachama, pescada por él mismo en una de sus escapadas rio abajo.

El pajarito en cautiverio, desde hacía más de 5 años agradeció con un sobrevuelo y un guiño, el gesto libertario de dos de los cinco invitados que, por un momento, se habían quedado solos, al lado de la jaula donde cantaba y revoleteaba la mascota que por las mañanas despertaba con su fino trino la alegría de aquella familia.  

Pepito, Pepito, gritaron los dueños de la casa, con gesto compasivo, tratando de atajar el vuelo definitivo del turpial. Pero este, mostrando el dedo más largo, emprendió veloz retirada, perdiéndose entre los follajes, dejando la frustración y la tristeza viva de Chucho y su esposa que disimuladamente buscaban entre el par al culpable de la huida.

La celebración que hasta esos momentos había sido amena y cordial, empezó a tornarse ácida e incómoda, con acusaciones veladas, de lado y lado.

El, Yo no fui, y el yo tampoco, sustituyeron los cuentos de pesca de Chucho y las comparaciones estrafalarias que surgían entre los personajes citados a degustar el manjar sazonado con suma delicadeza por Victoria.

“Si yo estaba sentado en esta silla que está lejos de la jaula, como voy a ser el culpable que pepito se haya salido”, replicaba el sonriente Pablo viejo, sobre quien pesaba el más alto grado de culpabilidad, pero que, igual, se mostraba como el más habilidoso para despejar la duda.

“Fue él”, afirmaba taxativo, mientras destapaba otra cerveza y se arrellanaba en la silla alta de mimbre que Victoria le había ofrecido para paliar sus dolores de espalda.

La fuga del turpial es uno de los cangrejos de la crónica familiar aun no resueltos y aceptados dentro del clan de los Hernández. En cada reunión o celebración surge el comentario y la duda de quien de los involucrados pudo haber corrido el cerrojo para que pepito alzara vuelo.

El sábado pasado, fecha agosto de 2022, Pablo Viejo cumplió 80 años y sus hijos le brindaron el merecido reconocimiento por llegar a esta edad en tercera base y bateando de séptimo en el equipo  Pirámide que juega en la categoría senior del Centro Latino.

Volamos bajo por los años de la infancia, sus logros deportivos, profesionales y sus andanzas de Don Juan. Todo marchó con aceptaciones, culpas, satisfacciones y estadísticas familiares hasta que aterrizamos en la pregunta de rigor, ¿ Pablo, porqué soltó a pepito?. La interrogante lo dejó pensativo, hurgando en los sinfines de la memoria. La reacción, 35 años después, fue idéntica a la de aquella tarde en un patio de Rubio… Toche fue usted…           

miércoles, 18 de agosto de 2021

LA RECTA DE APOLONIO: CUANDO LA TRAGEDIA APARECE EN LA CURVA

La escena se desarrolla, a las afueras de un centro asistencial de San Cristóbal, Venezuela. Son aproximadamente las 9,30 de la mañana y el tímido sol matutino ha empezado a calentar la parte interna de los músculos que han permanecido rígidos a causa del intenso frío que baja desde las altas montañas que rodean a la ciudad  y hacen más intenso el hielo de la  madrugada andina.

Sobre la baldosa que conecta con la sala de emergencias del gigante nosocomio descansan varios cuerpos, que se  apretujan entre si, para soportar la baja temperatura. Palpar algo más blando que no sean los cartones que les sirven de dormitorio, obliga a los hombres y mujeres a tomar toda clase de posturas, mientras esperan noticias sobre los familiares ingresados a causa del choque de hace tres días. 

Entre quienes tienen días esperando por el capitán de la Guardia Nacional se encuentra Keily Abreu, una de las sobrevivientes del accidente del camión militar. A la mujer le informaron que su hija, Carlys Pérez había fallecido hacia las horas de la madrugada, víctima de las heridas sufridas al momento en que el pesado herraje del convoy se incrustó en su cuerpo.

Keily pensó que sus oraciones servirían para atajar la tragedia que se había ensañado contra su pequeña familia de apenas tres miembros, pero, el parte médico, que poco sabe de milagros, se limitaba a indicar la realidad. Carlys resistió hasta que su cuerpecito se rindió a las profundas heridas que le negaron seguir en esas inexplicables caminatas milkilométricas en las que se han visto involucrados millones de  venezolanos en los últimos años.

Carlys iba junto a su madre y en el primer impacto del camión contra el cerro pudo aferrarse, pero inmediatamente se produjo el volcamiento que la proyectó hacia los soportes de metal que le rasgaron la piel y acabaron con los cuentos de héroes y villanos que su padre le relataba en esas duras y calurosas jornadas, cuando el asfalto se hacía interminable en el horizonte y ella lanzaba bostezos de hambre y sed sobre los hombros de su caballito de luces.

Su padre Jahn Carlos fue de los primeros en sucumbir al accidente. Fue uno de los últimos en trepar al camión 5 kilómetros antes, por lo que se encontraba más próximo a la portezuela, precisamente del lado que escogió el chofer para chocar contra la montaña. El golpe lo lanzó de cuajo a la carretera, sin permitirle decir a Carlys quien era el que se disfrazaba de lobo para atormentar a las niñas del bosque. 

Eso lo supo Keily tras reponerse del estruendo y tropezar, en medio de la oscuridad ,con algunos cuerpos inertes, entre ellos el de su esposo. Los gritos de los heridos la orientaron en busca de Carlys a quien encontró, luego de algunos rodeos.  La palpó en el pecho y supo que todavía tenía otra oportunidad. Como pudo, se mantuvo expectante por el arribo de la ayuda que no llegaba. No tenía tiempo para llorar a Jahn, La vida de su hija dependía de la rapidez conque llegaran los auxilios. 

Apartaderos, como su nombre lo indica, es un pequeño caserío separado de las capitales de los municipios Capacho y Bolívar. Para llegar hasta el punto donde ocurrió la tragedia hay que recorrer 15 kilómetros de pronunciadas curvas y peligrosos riscos que dificultan el traslado. Es una zona fría sin servicios primarios de atención.

Las luces intermitentes de una destartalada ambulancia sacó a Keily de su angustioso trance. Su grito pidiendo ayuda para su hija apartó la oscuridad y descorrió la entereza que hasta ese momento había guardado en lo más profundo de sus convicciones. El sueño de un mejor futuro para su familia estaba esparcido en unos cuantos metros de un lugar sombrío, desconocido. Había tomado la decisión de acompañar a su esposo y en un pestañeo lo había perdido.

Sobre el asfalto también quedaron las ilusiones de Jhan, su empeño porque su hija tuviera lo necesario para crecer con mejores oportunidades. No aspiraba a lujos, simplemente quería que no le faltara su alimentación y no estar pariendo todos los días para comprar una harina. Con esa convicción viajó a Colombia, reunió lo de regresar con su familia y aceptó una cola en un convoy militar que 5 kilómetros más abajo se estrelló contra un cerro y lo proyectó contra el asfalto donde quedó tendido, sin poder reclamar el morral, los botellones de agua que había cargado por más de 600 kilómetros por las carreteras de Venezuela, con su hija a cuestas, tratando de escapar de un país donde sus gobernantes no saben donde queda la Recta de Apolonio. 

Tampoco quieren saber que Keily tuvo que esperar otros dos días para que el capitán de la guardia se apareciera con un transporte y unos panes embadurnados de promesas que los dejaron 6 días a la intemperie, sin más protección que la caridad de la gente. 

Keily regresó a la Recta de Apolonio con la tragedia a cuestas, la misma que han cargado  los familiares que vieron perder a sus seres queridos en el mar de Falcón, de Sucre  y en los pasos fronterizos del Zulia, Amazonas, Bolívar, Tàchira, Apure. Las causas han sido las mismas, los culpables igual.