miércoles, 20 de febrero de 2013

SINDROME DE ESTADIO ASISTIDO

Hugo Hernández
El síndrome de estadio asistido, debería ser el nombre del fenómeno que sucede cada vez que el Deportivo Táchira logra convocar a un buen número de asistentes a las gradas y el equipo visitante se queda  con la victoria.
Lo sucedido el domingo contra Mineros  se ha repetido  en muchas oportunidades,  cuando  el carrusel  negriamarillo  enfila un rumbo victorioso, lleno de optimismo por los resultados conseguidos en el  pasado inmediato.
Entonces, tanto el aficionado duro, ese que asiste consuetudinariamente, aun en los peores trances del equipo, junto al  eventual o aluvional, aquel que se arrima por la taquilla cuando el conjunto aurinegro goza de buena salud en la tabla y también el pantallero, el que solamente se ve cuando sabe que el caché está en decir que estuvo el domingo en el estadio, colman el graderío, para vivir la angustiante pesadilla  de  ver los gestos de desplante de los jugadores contrarios celebrando  por todo lo alto la primera conquista de la tarde.
No es cuento la enervación que surge en la base del cerebelo  y se extiende a la  lengua  que quiere gritar algo y a los  brazos que quieren lanzar  algo,  contra esas permisividades  que  da el Deportivo Táchira  a quien  se supone debe ser el gran sacrificado del  circo.
No es nuevo esto de poner la fiesta  y  que los visitantes  vengan y  nos bailen, se cuadren  con la quinceañera, nos tomen los tragos y  hasta se  coman los pasapalos.  Esos son los síntomas del síndrome de estadio asistido.
Decir que el balón no quiso entrar, que  lo delanteros tachirenses estaban  nerviosos  porque no estaban  acostumbrados  a jugar con un estadio lleno, que la fortuna les sonrió a ellos y no a los dueños de casa, son frases trilladas que siempre ha  encontrado acomodo en los espacios de la derrota tachirense.
Una  de las peores frustraciones  que sienten  los que van al estadio es  observar  la forma alevosa y premeditada utilizada en nuestro fútbol para detener el ritmo del espectáculo.  Simulaciones, trampas, engaños, retardo en la entrega de los balones, cuando se trata de los visitantes, son algunas de las cosas  que tienen  que soportar  las personas que pagan el salario de los jugadores.
En el partido frente a Mineros, casi apostamos que el síndrome de estadio asistido llegaría a su final  por la cantidad de piezas importantes contratadas por el carrusel fronterizo para esta temporada. Sin embargo, la historia volvió a demostrarnos que sabe más el diablo por viejo y Richard Páez  se comió al imberbe.  

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