Fausto vendió su alma
al diablo a cambio de sabiduría y placeres de la vida. La obra de Goethe
publicada en 1808 tiene grandes similitudes con los cuentos de cocina de
Catalina quien aseguraba que Plácido Méndez, un carnicero que habitaba por los
lados de El Pueblito, en la vía que desde San Cristóbal conduce a Rubio, había hecho un pacto con el
Diablo, a cambio de unas morocotas que lo habían hecho poseedor de una fortuna.
En la obra universal del alemán Wolfgan Von Goethe, se describe
la insatisfacción del erudito personaje
que entrega su alma al Diablo a
cambio del conocimiento infinito y los placeres mundanos. Catalina
contaba la cantidad de veces que
se había topado con el Diablo, devenido con el nombre de “El Compadre”, a quien
describía como un tipo vestido de blanco, unas veces a caballo,
otras de a pie, que aparecía en las
noches , como fantasmal figura, paradójicamente de bien.
Ese es un paralelismo que noté desde que, en alguna
oportunidad leí extractos de la obra del alemán y que después concluí que eran relatos de control social. Al
parrandero siempre le salía el Diablo. “Al abuelo Bernabé lo cabalgaban las
brujas y le salía el demonio en sus noches de farra y miche”. La realidad
era que el abuelo, se metía tremendas
rumbas de guarapo y después,
camino a casa se desbarrancaba. Allí dormía su borrachera y llegaba al otro
día con heridas palpables, cobijado por el cuento de las brujas y “El Compadre”.
Las brujas también vinieron de Europa como temibles
criaturas aladas capaces de surcar el espacio montadas en escobas. Estas escalofriantes
criaturas eran capaces de transformar a
sus enemigos en cerdos o alimentarse con
la carne de los niños recién nacidos. Circe, la hechicera de la
mitología griega y su sobrina Medea, representan iconográficamente a estas
figuras a quienes los artistas clásicos o del periodo renacentista concibieron
como imágenes femeninas estrafalarias con los pechos caídos, la nariz
puntiaguda y excesivamente marchitas.
De cómo vinieron a parar esos personajes a estos sitios
remotos y convertirse en íconos de la maldad que perseguían a los campesinos
por los cafetales y sorprendían a los incautos en las negras noches de los
campos tachirense. No se ha establecido. Se sospecha que llegaron envueltas en
las lecturas de los emigrantes alemanes que llegaron atraídos por el prestigio
del café tachirense y los negocios tranzados con la dictadura gomecista.
Esa huella rigurosa quedó reflejada en los métodos de
crianza de los 7 vástagos engendrados
por la pareja Bernabé y Ana Joaquina. Catalina fue una de las hembras que decidió quedarse junto a su madre para seguir
la tradición de cocinera en la famosa hacienda de Tononó. A las 4 de
la mañana, la niña de 8 años tenía que estar atenta a los mandatos de Ana
Joaquina para tener listo el desayuno al personal que hacía labores
agropecuarias.
Alumbradas por mechurrios
y con el temor de las brujas rondando por todos lados, la niñas corrían detrás
del ejemplo de su madre, quien la conminaba a realizar sus oficios puntualmente,
so pena de ser castigadas por las brujas que proyectaban sus sombras en las
destruidas paredes de bahareque.
“Cada madrugada tenía que ir hasta el arroyuelo a traer el
agua limpia para preparar el desayuno. En
una de esas, estaba agachada llenando el jarrón cuando sentí que alguien me
miraba fijamente y al levantar la cara me encontré con la imagen fantasmal de
“El Compadre”, quien me preguntó, con una voz fuerte y educada que estaba
haciendo en esos parajes. Le dije que estaba llevando agua para preparar la
comida y el hombre me replicó que no tenía edad para esos menesteres. Me indicó
que regresara pronto a casa y que no volviera a venir sola”. Después se esfumó
por detrás de unas matas de sauco y yo quedé temblando, al punto que llegué sin
agua a la casa”.
En otra oportunidad, a plena luz del día encontró que sobre
el agua del arroyuelo estaba una especie de plumaje blanco reluciente que, a
medida que pasaba a su lado se iba transformando en un cisne, luego en un
caballo y después tomó figura de hombre que ella supuso que se trataba de El
compadre. “No dije nada, solo me quedé tiritando de miedo, pero con la
seguridad de que no me iba a pasar nada”. El hombre parecía que flotaba sobre
el agua y de repente ya no lo volvió a ver”.
Cuando la familia decidió abandonar el campo para irse a la
periferia de San Cristóbal lo primero que entró en los bultos de trapo
fueron los cuentos del campo y su forma de aplicarlos
a una generación mayoritaria de nietos dejados a su cobijo. Cuando estaba a punto de caer la
tarde, la recia Catalina preparaba la cena, en aquellos tiempos, un almuerzo cualquiera,
y después de lavar los trastos, nos dejaba paralizados con sus relatos, donde,
por lo general, siempre había personajes del más allá. Eran una especie de
tareas dirigidas dispuestas a persuadir a la inmensa tropa de los peligros de
la calle.
La Llorona, El sin cabeza, Las ánimas, Las brujas, El Compadre,
en sus diferentes presentaciones y los muertos aparecidos, que eran los que más explosión hacían en
nuestro precario sistema de creencias, nos dejaban extasiados de miedo a, ni siquiera
asomarnos por la ventana de la puerta, por donde, según la intensa nona,
caminaban en procesión las ánimas benditas, ocupando todo el ancho de la calle
y… Aaayy si alguien se atravesaba en su
camino, entonces, quedaba petrificado.
La cata relataba que por la calle 9 era imposible bajar,
luego de las 9 de la noche debido a que en el barranco, que ahora es una
pendiente encementada, salía una bruja. El que se atreviera a transitar por la
calle 10 corría el riesgo de tropezarse con una figura negra descomunal. Por la
calle 11 aparecía una tipa vestida de blanco, lavando ropa. La calle 12 tenía su
espanto propio porque allí estaba ubicada una incrustación en un muro que le
habían edificado a un muerto. El “dijunto”, aseguraba ella, se le aparecía al
más pintado.
En la calle 13 aparecía un ahorcado. La calle 14 salía la
misma tipa de la calle 11, pero con el pelo alborotado. En la calle 15,
aparecía un tipo de, a caballo que
ofrecía montar al osado caminante y si este echaba a correr, lo alcanzaba, en
un solo salto. Y, por la calle 16, se asomaban todos los muertos del
cementerio. Total que el barrio Puente
Real estaba blindado contra las personas que les agarrara la noche.
“Dentro de esos cuentos, sucede que un día, íbamos varios de
los que estamos aquí, a visitar al tío Locadio. El camino para llegar al 23 de
Enero se hacía por un monte lleno de matas de Tártago y caña dulce. La Nona iba
a cabeza de lote y cuando nos disponíamos a atravesar el riachuelo que llamaban
el “Lavapatas”, salió de las aguas un tipo alto y totalmente desnudo. La abuela
nos contuvo con las manos, antes que el metrosexual se llevara las manos a la boca para
indicarnos un Shiiito. La reacción fue
de espanto y la abuela aprovechó para reforzar sus teorías de los aparecidos.
Los 99 años de Catalina tienen sus espacios histórico –
temporales que no los puede resumir este
escritor por considerar que el tiempo
que compartimos con ella, fue el más benevolente. Pero, si podemos distinguir
algunos aspectos propios, época gomecista,
en sus primeras andanzas. Luego, un periodo
que abarca desde los 60 los 85
años, cuando va perdiendo su memoria
inmediata y finalmente el periodo de la vejez
total, que es el más recordado por los sobrinos mayores.
Este es un relato muy familiar, demasiado nuestro, que las
nuevas generaciones podrán disfrutar si el interés les ronda por informarse de
sus ancestros. La abuela fue ingeniosa, creativa, solidaria, grosera,
contestataria y fiel representante de una generación de venezolanos nacidos en
un proceso de transición entre la Venezuela rural y caudillista a la Venezuela petrolera
democrática.